NOCHEBUENA
MISA DEL GALLO
24122001
Soy Joaj, el
posadero de Belén. Mi nombre significa “Yavhé es hermano”, como se llamó el
hijo de Asaf, portavoz del rey Exequias. Recuerdo aquella tarde. Belén era un
hervidero de gente. Venían de todas partes por lo del censo, ordenado por el
emperador Augusto. Mi posada estaba esta los topes, a penas si cabía una
persona más; y lo mismo las casas particulares. Es verdad que hicimos buen
negocio, pues nunca había habido tanta gente en el pueblo. Para nosotros
aquello era impensable, ya que la pobreza nos cogía por todos los costados,
como a la mayoría del pueblo.
Fueron muchos
los que pasaron pidiendo un hueco en la posada para poder pasar la noche y
llegó un momento en que a todos les tenía que decir lo mismo: “¡Imposible!”. Yo
fui enviando a no pocos a las casas de los vecinos, pero también se llenaron
enseguida.
Sí que recuerdo
a una pareja que me pidió alojamiento. La pasada ya estaba llena. Recuerdo que
venían de Nazaret. De él recuerdo el nombre, que fue con quien hablé. José, sí.
Me dijo que habían tenido una jornada de camino bastante difícil ya que su
mujer estaba en estado. De ella no recuerdo el nombre, pero si que recuerdo su
figura: joven, guapa, con un rostro que reflejaba una paz inmensa y una sonrisa
permanente como si le hubiera sido esculpida en sus labios desde el día en que
nació. Por el estado en que estaba se le notaba incómoda. Cuando expliqué a
José la razón de no acogerlos en casa, él insistió por un momento, con toda
delicadeza, pero al ser yo bastante contundente en mis respuesta, no volvió a
insistir. Se me quedó grabada la mirada que dirigió a su esposa, a la que esta
respondió, sin perder la paz de su rostro con un sencillo gesto: “redobló su
sonrisa, subió su hombro derecho al tiempo que acurrucaba en él su cabeza, en
señal de aceptación y colocó después su mirada en mí, dejando bajar los
párpados sobre sus morenos ojos”. José la cogió por el hombro y les vi como
marchaban los dos, tirando de su borrico, hacia las afueras del pueblo. Yo me
quede mirándolos como extasiado hasta que se perdieron de mi vista. Fue mi
mujer la que, habiendo estado presenciando la escena, se me acercó y me dijo:
“pobre pareja, ¿no podríamos haberle hecho un hueco?. Esa joven está a punto de
dar a luz….”. Yo clavé mi mirada
en los ojos de mi mujer expresando mi contrariedad, me di media vuelta para
evitar su mirada y solo pude decirle: “¡De sobra sabes que no cabe nadie más en
la posada! A no ser que le dejáramos nuestra habitación….!”
Aquella noche no
conseguía conciliar el sueño. Por lo visto lo mismo le pasaba a mi mujer. De
vez en cuando escuchaba que ella susurraba: “¡pobre pareja!¡pobre mujer!!
Seguro que de esta noche no pasa sin que de a luz”.
Antes del primer
lucero del alba escuchamos jaleo fuera. Mi mujer me hizo levantarme para ver
que pasaba. Yo me asomé por la ventana y me volví a acostar: “son el grupo de
los pastores, deben estar bebidos, ya sabes como son. Van a despertar a todos
los de la posada…”. No había terminado de comentar esto con mi mujer cuando
todos los de la pasada empezaron a salir a la calle, lo mismo había hecho todo
el pueblo. Mi mujer y yo nos levantamos y nos unimos a toda aquella
expectación… Los pastores hablaban y hablaban cada vez más fuerte, poro
nosotros no les entendíamos a penas nada. Parecían transformados, estaban locos
de alegría… Alguien intentó hacer silencio. Jocías, el mayor de ellos, también
pidió silencio con las manos y empezó a contarnos lo que habían vivido. Aún se
notaba un poco de murmullo, pero poco a paco se fue haciendo un silencio tan
grande que le pudimos escuchar: “Pues el ángel nos dijo: “no temáis, os traigo
la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de
David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. El ángel nos dijo
también: Mirad, os doy una señal: encontraréis a un niño envuelto en unos
trapos y acostado en un pesebre… A aquel ángel se le unieron más voces que
alababan a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los
hombres que Dios ama”.. Nosotros
vinimos corriendo hacia el pueblo, donde tenemos las cuadras del ganado y nos
encontramos a una pareja joven y al niño acostado en el pesebre, tal como el
ángel nos había dicho. Por eso venimos a comunicároslo”. Y los pastores no
dejaban de dar saltos de alegría y de cantar trozos de salmos a Dios. La
alegría de los pastores nos fue contagiando a todos y todos nos unimos a los
cantos de los pastores. Ellos seguían y seguían anunciando lo que habían vivido
y todo el pueblo empezó a formar corrillos y a hablar y a recordar unos y otros textos de los profetas que
anunciaban al Mesías. Y cuanto más recordábamos unos y otros las Sagradas
Escrituras y escuchábamos el testimonio de los pastores, más ganas nos daban de
alabar a Dios y de darle gracias. Yo me fui pasando por unos corrillos y otros
y en todos se expresaba la admiración de la acción de nuestro Dios. Nos parecía
imposible, a pesar de haber escuchado tantas y tantas veces el anuncio de los
profetas, de que el Mesías vendría en pobreza y humildad, que se haría presente
en medio del pueblo pobres y sufriente y que sería como el lucero del alba en
la noche de nuestras vidas. Yo no hacía más que orar: “Dios, estás loco!!”.
Y por un
momento, a pesar de todo el jaleo que había, me embargó dentro de mi un
silencio tan profundo que me sorprendí recitando al profetas Isaías, en uno de
los textos que últimamente nos había leído el rabino de la Sinagoga: “El pueblo
que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombra y una
luz les brilló… porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de
su hombro, los quebrantaste como el día de Medián… Porque un niño nos ha
nacido, un hijo se nos ha dado… para darnos una paz sin límites.. El trae la
justicia y el derecho…”.
Estando en estas
cosas, noté que mi mujer me tomaba del brazo y como si nos hubiéramos puesto de
acuerdo, se encontraron nuestras miradas… La mirada de mi mujer que salía de lo
más profundo de su corazón, se expresaba en sus ojos brillantes como dos
luceros. Yo aparté la mirada y bajé la cabeza. Una cierta tristeza se me
mezclada con aquella profunda alegría. Mi mujer pareció entender lo que pasaba
por mi corazón, tomó con su mano mi cabeza, la volvió hacia su rostro e hizo
que le mirara de nuevo a sus ojos y sacara de dentro de mí aquella espina que
tenía clavada.. Pero solo supe decirle: “Fíjate, mi nombre significa “Yavhé es
hermano”. Cuando no compartimos
nuestra hospitalidad, aunque esté llena la casa y nuestro corazón, obligamos a
que Dios pase de largo”. Y ella solo supo susurrar: “Ese arrepentimiento que
brota de tu corazón, seguro que el Niño lo transforma en perdón”. Le di un beso
y nos unimos a todos los que aún de noche, se encaminaban hacia la cuadra de
los pastores a ver al niño, a José y a María, que así se llamaba, según los
pastores, aquella joven de la sonrisa esculpida en su rostro. Poco antes de
llegar, pudimos ver el lucero que anunciaba el amanecer y como si de una sola
voz se tratase, todos entonamos: “Por la entrañable misericordia de nuestro
Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en
tiniebla y en sombra de muerte y para guiar nuestros pasos por el camino de la
paz”.
Y al terminar yo,
Manolo, esta oración, fui a sentarme a cenar y en la televisión me volvieron a recordar la situación de
Afganistán, de Oriente Medio… y ahí está Belén hoy… “¡Dios, que locura!”. Y
recordé un correo que me habían envidado con datos del paro y de la situación
de muchos trabajadores inmigrantes… Y en mi corazón la Palabra de Dios se
convertía en oración: “Y a ti niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque
irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a sus pueblo la
salvación, el perdón de sus pecados”. Y yo pensé: “creo que nuestra comunidad
de la parroquia hoy recibe este encargo por parte de Dios: ser profeta,
preparar el camino al Señor, anunciar la presencia del príncipe de la paz, de
la justicia y del amor”. Y recordé el mensaje del Papa que ha escrito para el
día 1 de enero próximo: “no hay paz sin justicia, ni justicia sin perdón”. Esta
Nochebuena acoger a Niño Dios significa trabajar la paz, optando por la
justicia y practicando el perdón. Esta es mi “felicitación de Nochebuena, mi
felicitación de Navidad”