Una nochebuena ¿igual que otra cualquiera"
Soy
Israel, vecino y amigo de José en el pueblo de Nazaret. La casa de mis padres
está muy cerca de la Familia de Helí, padre de José. Somos de los pocos jóvenes
que hay en el pueblo. Como en todo pueblo pequeño, los vecinos nos conocemos
todos. Somos como una gran familia.
José
y yo solemos salir juntos, como buenos amigos, después de dejar el trabajo.
José trabaja en el taller de Helí, su padre, es carpintero, pero, bueno, hace
de todo. Más o menos lo que en otros lugares llaman “chapuzas”. Esta palabra me
suena mal, porque parece que define a alguien que no hace bien su trabajo o que
hace cosas sin importancia. Y en el taller de Helí, que pasó después a José, se
hacían cosas muy importantes y muy bien.
Los
sábados vamos juntos a la sinagoga. Ya sabéis que la sinagoga es para nosotros
el lugar de encuentro religiosos, pero también cumple una función social. Es el
lugar donde nos encontramos todo el pueblo, aunque a las mujeres se les deja
“como aparta”. Esta norma, ni a José ni a mí nos gusta, pero... así es. Después
de salir de la sinagoga, solemos juntarnos con los demás jóvenes del pueblo y
charlar, ir a casa de unos o de otros, beber algo... Yo aún no me he fijado en
ninguna chavala del pueblo. José, sin embargo, sí. Le habla desde hace un
tiempo a María, la hija de Joaquín y Ana. Una familia muy sencilla, pero muy
buena. José está profundamente enamorado. Hace unos días hicieron el rito de
los desposorios, que es como un cierto compromiso de pareja, previo al
matrimonio. ¡Cómo nos lo pasamos aquel día! María estaba radiante y José le
perdía ni un momento la mirada. Se les notaba a dos muy muy enamorados.
Un
día, al salir de trabajar, José pasó por mi casa. Venía muy preocupado porque
se había enterado de que María estaba embarazada. ¡Yo no me lo podía creer!
“Yo, tampoco, me dijo José”. Estaba echo polvo. La cosa era muy rara porque no
sospechábamos de nadie. Además, en un pueblo así.... cualquier cosa se sabe con
pelos y señales, no es lo mismo que en Jerusalén, que allí, al ser una gran
ciudad y con todo el jaleo que hay sobre todo en algunas de nuestras fiestas
religiosas... Yo intentaba convencer a José que tal vez fuera mentira. Aquella
noche, recuerdo, nos la pasamos juntos. José estaba muy nervioso. Por su cabeza
se le pasaban muchas cosas: “según la ley la tendría que denunciar, pero yo sé
que María es inocente. Yo sé que María no me hace esto...”. “No sé, no sé”,
decía José una y mil veces recogiéndose las el rostro con las manos.... Yo no
sabía que más decirle. A mí también me parecía imposible conociendo a María. Yo
tampoco me podía creer esa noticia. Nos pasamos toda la noche juntos. José pasó
un buen rato en oración y mascullaba algunos salmos, a lo que yo me unía.
Al
clarear el día, José marchó a trabajar. Le di un abrazo. José me miró y me dijo:
“yo creo, Israel, que no le voy a denunciar. María no es de esas. María es muy
buena chica, yo no sé lo que hay en ella, pero María no puede haberme echo eso.
Por eso la voy a dejar en secreto, si hace falta, me marcho del pueblo, pero yo
no la denuncio”. Yo sabía, conociendo cómo era José, un joven honrado, justo y
con un corazón que no le cabe en el pecho, que haría lo que fuera antes de
hacer cualquier cosa en contra de María. Le vi alejarse esa mañana con el mando
tapándose hasta la cabeza. Iba andando lento, iba destrozado, iba con miedo.
Sí, con miedo. Algo le había dicho María del anuncio de un Ángel y de cómo le
había pedido ser la madre del Mesías. Pero... ¡Qué difícil resultaba dar
crédito a una cosa así!. Yo creo que José llegó a tener miedo también de Dios.
Yo estaba, casi como él, acongojado.
El
sábado siguiente, en la sinagoga, José estaba radiante, tenía un aspecto
distinto, todo lo contrario a la noche anterior. Yo no podía imaginar qué podía
haber pasado. ¿Habría habido alguna confusión?. Miré hacia atrás, al final
donde se ponen las mujeres en las sinagoga, y vi a María. Estaba radiante como
siempre y con una paz como nunca. Eso me tranquilizó aún más.
Al
salir, José estuvo un momento con María. Les vi que hablaban, reían... Después,
se acercó a mí y me dijo: “Israel, vamos junto a la fuente. Tengo que contarte
algo extraordinario. Y empezó: “Anoche me la pasé en oración. Preguntaba a Dios
que era todo aquello.. Al principio volví a experimentar un miedo grande. Yo
creo que tenía miedo de Dios, miedo de la vida, miedo a todo... Pero fue en ese
momento de oración, pensando en lo que María me había dicho del anuncio del
Ángel a ella sobre la venida del Mesías, cuando yo recibí también luz.
Escudriñaba las Escrituras, las meditaba y cada vez lo intuía más claro. En un
momento, no sé si fue un Ángel o no, pero seguro que sí que era Yavhé, recibí
como un mensaje extraordinario, como una luz que iluminaba mi vida, la vida de
nuestro pueblo, la vida de todo el pueblo. Mira, Israel, quien hay en María es
el futuro Mesías. Sí, que es así...” Y José me hizo un repaso por las
Escrituras, me hizo caer en la cuenta de que el Mesías nacería pobre y de una
mujer pobre, y en un pueblo pobre, tal vez en Belén, la Ciudad de David. Y José
no hacía más que decirme: “Y he recibido un mensaje que se me ha quedado muy
grabado: “No temas, José, en aceptar a María como tu esposa, pues la criatura
que hay en ella es obra de Dios”. “No tomas, no temas”, me repetía José una y
otra vez lleno de alegría. Me dijo que había recibido el encargo de poner por
nombre a la criatura JESUS, IECHUA, SALVADOR....
Yo
no salía de mi asombro, me costaba creerle, pero sabía que José no hacía bromas
de estas cosas. Además, verle y descubrir la transformación que se había dado
en él, no dejaba lugar a dudas.. “El Mesías entre nosotros!!”, iba yo también repitiendo.... José puso su
gran mano en mi boca y me dijo: “Pero silencio, Israel. Nuestro Dios no quiere
euforias que le estropeen el plan, su plan. Se revelará pobre y entre los pobres
y a la manera de los pobres. Este es el gran secreto. Yo me casaré con María.
Yo seré el padre del Hijo de María y cuando llegue el momento, iré a
empadronarme a Belén como nos ha mandado el Emperador....”. “José, que Dios sea
bendito”, le dije. Y los dos, llenos de alegría comenzamos a rezar: “Bendito
sea el Señor, Dios de Israel, porque por fin nos ha visita, porque nacerá entre
los pobres, porque su promesa se va a cumplir, porque “Una joven de cuna
humilde y sencilla dará a luz a un hijo y éste será el Mesías, el
Dios-con-nosotros, el Enmanuel”. Y gritamos y gritamos: “Bendito sea Yavhé,
Bendito sea su Santo Nombre, Bendito sea el Dios de los pobres y humildes,
Bendito sea, porque ya empieza a suscitar una fuerza de salvación a través de
la descendencia de nuestro rey David”.. Yo en ese momento, me callé en seco,
hice callar a José y le dije: “José, que tú vienes de la descendencia de
David....!!” Pues claro, Israel, ¿tú que te creías?”
Os
digo que yo guardé el secreto confiando que el Señor nos fuera revelando a su
Mesías según sus planes.