“LA ATENCIÓN A LA
VIDA” CON LOS OJOS DEL DIOS COMPASIVO
«Que el Padre ilumine los ojos de vuestro corazón» (Ef 1,18). «Y se les abrieron los ojos y le reconocieron». (Lc 24,31)
La atención y contemplación de la vida (A.V.) desde la Palabra hay que entroncarla dentro de la espiritualidad cristiana, que nos conduce -y conlleva- el seguimiento a JC: Ver como Él, aprehender la realidad como Él, valorar la vida como Él y comprometernos como Él se comprometió.
La A.V. a la vida no se puede entender al margen de la misión. Más aún, hacemos contemplación de la vida de cara a la misión.
Se trata de hacernos discípulos para ser apóstoles. Vivir nuestro discipulado desde la misión y vivir la misión como discípulos.
Todo comienza con ver, con mirar la vida, la realidad. Según miremos la vida, así nos situamos, reaccionamos y nos comprometemos con y ante la misma.
La vida pública de Jesús -lo mismo que su vida en Nazaret, como veremos- comenzó con una toma de contacto con las personas y situaciones (Mc 1, 16). La mirada de Jesús a aquellos pescadores los convirtió en discípulos. Y es que en Jesús, como en nosotros, el ver y mirar es la primera forma de acercamiento.
Los sinópticos señalan que el último milagro de Jesús, antes de su entrada en Jerusalén fue la curación de dos ciegos. Y los relatos terminan de la siguiente manera: "Movido Jesús a compasión tocó sus ojos, y al instante recobraron la vista. Y le siguieron" (Mt 20, 29-34). Sabemos que hacer que los ciegos vean es un signo mesiánico (Cfr Lc 4, 18) y equivale a colocar a las personas en el camino del seguimiento y del discipulado.
Por otro lado, en las apariciones del Crucificado-Resucitado a los discípulos se utiliza el término "ophthé" = "se hizo ver". Esto indica que la iniciativa del encuentro pascual viene del Señor, no de los discípulos. Por lo tanto, ese mirar la vida al estilo de Dios es una gracia. Ese descubrir los signos del Reino en la vida, de descubrir las maravillas de Dios en la misma, es un dón.
Una manera peculiar -como veremos- de ese ver de Jesús es la de fijarse y mirar con compasión. Es decir, con ojos de solidaridad, implicándose, haciendo suya la realidad que ve, comprometiendo su persona y misión en la liberación. Esta manera de ver y mirar de Jesús va a configurar a los primeros discípulos (Cfr Hechos 3, 1-10). Es también referencia esencial para nosotros.
Estamos llamados, pues, a superar la ceguera espiritual. Tenemos el riesgo de mirar con indiferencia, o con una mirada moralizante, o con unos ojos ideologizados, "religiosizados"....
El problema está en cómo miramos la realidad. Para nosotros la referencia es la bondad de Dios: "¿Va a ser tu ojo malo porque yo sea bueno?" (Mt 20, 15)
Ve el mundo como obra de sus manos y con el proyecto de que todos gocen de él y a las personas a imagen y semejanza suya; es decir descubriendo su dignidad como personas y como hijos suyos. Por eso, cuando Dios ve que el mundo no es para todos -cosa que va en contra de su proyecto- y que las personas son desposeídas de su dignidad,.... "Dios lo ve mal".
Ya desde el inicio de la historia humana, Dios no sólo se limita a la creación del mundo y del hombre, sino que, formando parte de su plan creador, mira y se admira de su obra: «y vio Dios... y todo le pareció bien» (Gn 1,4.10.12.18.21.25.31). Lo existente ha asido creado por la Palabra y por ello es significativo, portador de sentido, sentido que el hombre debe descubrir a través de su mirada profunda en la creación.
De hecho, la historia de las acción salvadora de Dios comienza por el hecho de que Dios «ve la aflicción del pueblo» (Ex 3,7) y «la opresión con que los egipcios los oprimían» (Ex 3,9): así «conoce sus sufrimientos y decide sacarlos de la tribulación de Egipto» (Ex 3,17). Yahvé se mete dentro de los acontecimientos del mundo, en oposición a los ídolos que no tienen relación ni con el hombre ni con el tiempo («porque tienes ojos y no ven, oídos y no oyen»: Dt 4,28; Sal 115,5-7). Siempre que Dios se interesa («ve») a alguien, interviene en su favor, y la experiencia de que Dios ve «hasta en la profundidad» se convierte en una afirmación fundamental de la fe de Israel (Gn 24,32; Sal 33,13). Este Dios que «mira» no tiene miedo de fijarse en un pueblo concreto y particular, con sus nombres propios, con su historia concreta, su geografía y sus fechas: es un mirar selectivo que atiende sobre todo la vida de los más necesitados.
Luego, su ver es un ver apasionado (=con-pasión), lucido, no distante, ni neutral, ni apático, sino que esa manera de mirar le hace llamar a las cosas por su nombre y señalar con claridad a los responsables históricos de la situación: "la opresión con que los egipcios los oprimen". Ve la vida con amor y desde la Alianza: "He recordado mi alianza" (Ex 6, 5) y se compromete con su liberación: "Os libraré de la esclavitud".
Su mirada es una mirada que le acerca y le hace volverse al clamor de los afligidos. Así es el misterio del Dios transcendente en la Biblia. Así lo reconoce el pueblo pobre e indefenso: "Yavé se ha inclinado desde su altura santa, desde los cielos ha mirado la tierra para oír y liberar al cautivo (Sal 102). Su mirar compasivo es su manera de ser: "Clemente y compasivo es Yavé, tardo a la cólera y lleno de amor" (Sal 103, 8). Y el mirar de Dios con amor, crea lazos. Por eso su mirar desde el cielo a la tierra no es pasajero. Su mirar de esta manera le ha dado una manera de ser nueva, encarnada, hasta llegar a la plenitud de la encarnación: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1, 14) Y es que "tanto amó Dios al mundo que nos dio a su propio Hijo" (Jn 3, 16).
Ver la realidad humana como Dios la ve es tomar el punto de vista de Dios. Es decir, un ver encarnado. Esta mirada nos la expresa perfectamente la G S en el primer párrafo: "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La Iglesia, por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano de su historia. (G S 1).
Esto implica, al tiempo, un ver contemplativo. Una contemplación que, para nosotros, no implica sólo y en un primer momento mirar como Dios, sino mirar de tal manera que lleguemos a descubrir en la vida las maravillas de Dios, la acción de Dios, a Dios mismo y a Dios mirando dicha realidad. Esto es lo que han hecho las grandes personas de Dios a lo largo de la historia.
Tomemos como signo a Moisés. Moisés había crecido "lejos" de su pueblo. Se había desclasado. Pero conservaba en su interior una cierta preocupación por la suerte de los suyos. "Cuando ya fue mayor, fue a visitar a sus hermanos y comprobó su penosos trabajos y vio como un egipcio maltrataba a un hebreo..." (Ex 2, 11). Reaccionó solidariamente, pero se dejó llevar por el miedo y huyó (Ex 2, 15). Un cierto día, estando él huido Dios se le presenta en la zarza que ardía y no se consumía y ahí se produjo un curioso y extraordinario encuentro... Moisés se acercó a la zarza y Dios le invita a descalzarse porque pisaba tierra sagrada. Moisés entonces se cubrió el rostro con la mano, "porque temía ver Dios" (Ex 3, 1-6)..
Se da el encuentro y Moisés descubre en Dios, al Dios de su pueblo, al Dios identificado con su pueblo. Descubrió en el corazón de Dios al pueblo oprimido -y es que Dios ya había bajado y había visto a sus hijos maltratados y los colocó más dentro de su corazón-.
En esta contemplación Moisés no sólo descubre a Dios en la zarza de su pueblo y no sólo descubre el pueblo en la zarza de Dios, sino que escucha la voz de Dios remitiéndolo al pueblo a colaborar en la liberación. Y Moisés, desde su nueva identidad -ya no es el huidizo, sino nueva criatura- ya no teme ver a Dios, ya no huye más de su pueblo. Dios le ha prometido "ver su gloria" (Ex 33, 19). A esto nos conduce la atención y contemplación de la vida desde la Palabra de Dios, desde Dios. Y a esto con lleva la contemplación de Dios desde la realidad y la vida, pasando por ese encuentro del hombre con Dios "como un amigo habla con otro amigo" (Ex 33, 11)
Por último, apuntar que no sólo se trata de ver como Dios ve, sino de verse a sí mismo como Dios nos ve. Él es el que "escruta los riñones y el corazón" (Jer 11, 20). Él conoce nuestros movimientos y pensamientos: "Sabes cuándo me siento y me levanto, mi pensamiento calas de lejos" (Sal 139, 2)
Este es el Dios que Jesús nos presenta: "Como tu Padre que ve en lo secreto" (Mt, 6, 4.6)
Esta mirada de Dios encuentra su continuidad, expresión y hondura en la mirada de Jesús:
Ver desde dentro los acontecimientos, sintiéndose
implicado en ellos. Ésto supone inserción y compromiso, es decir,
una actitud ‑afectiva y efectiva‑ de encarnación.
con corazón. El amor cambia los ojos y afina la
sensibilidad.
e insignificantes. Tener ojos para lo pequeño y
humilde aviva la capacidad de compasión y ternura.
buscando comprender las raíces personales y sociales
y las consecuencias que generan.
... intentando llegar a las actitudes éticas y
espirituales implicadas. Así, al ser confrontadas con la Palabra de Dios
será posible trazar un camino de verdadera conversión.
Es lo del Sal
138: "Tú me sondeas y me conoces...". Esto nos
creará apertura y disponibilidad ante la Palabra de Dios y los hermanos.
Jesús ve a las personas no de manera neutra o
impersonal, sino que establece con ellas un vínculo de relación y
amistad. Una mirada que convoca:
"Vio a Simón y Andrés... les dijo: Venid conmigo.... Poco
más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan.... y
los llamó" (Mc 1, 16‑20). En el
Evangelio de Juan Él ve a los discípulos que le siguen y les
invita a que ellos también lo vean y se mantengan en relación con
Él (Jn 1, 38‑39)
El ver de Jesús tiene una dimensión de profundidad. Descubre
lo más hondo de las personas. Su mirada hace posible una relación
con las personas que les abre a caminos y horizontes insospechados. Por ejemplo
ante Natanael (Jn 1, 47‑51).
Otras veces su mirada cobra especial intensidad para indicar una llamada de predilección y
de exigencia, como en el encuentro con el joven rico: "Fijando
en él su mirada lo amó y le dijo: "Sólo una cosa te
falta.." (Mc 10, 21). También en relación con
Pedro su mirada desempeña un papel muy importante: "Fijando
en él su mirada le dijo:
"Tú eres Simón.. te llamarás Cefas" (Jn 1,
42). Y después de las negaciones, "el Señor se
volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del
Señor.... Y saliendo fuera rompió a llorar amargamente" (Lc 22, 61‑62).
La mirada llena de amor y
misericordia de Jesús alienta los procesos personales, la
vocación de sus discípulos, sus titubeos, sus logros. Acoge y
compromete, invita a una fidelidad más amplia y generosa. Reclama ser
correspondida en libertad con una entrega confiada y consecuente.
Pero hay un rasgo especialmente significativo de la mirada
de Jesús y de cómo se acerca a la realidad y a las situaciones
que viven las personas. Los evangelios nos subrayan la compasión con que
Jesús mira a las personas y acontecimientos. Ante el leproso suplicante:
"Jesús, compadecido de él, extendió su mano, lo
tocó y quedó limpio" (Mc 1, 40). Ante la viuda de
Naín: "Al verla el Señor, tuvo compasión de ella y
le dijo: "No llores" (Lc 7, 13‑14). Ante el
ciego de Jericó, éste exclamó: "Jesús, Hijo
de David, ten compasión de mí" (Mc 10,
47). Lo mismo ante la muchedumbre vejada y como ovejas sin pastor:
"Sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos
como ovejas sin pastor" (Mt 9, 36).
Este
ver y sentir compasión es un ver solidario y comprometedor. Supone
hacerse parte y compartir, implicarse, sentir como propia la situación
que afecta a los otros. No es lo mismo que sentir lástima. La
lástima se puede sentir desde la lejanía, la compasión,
no. Compasión es padecer‑con, sentir‑con. Expresa
solidaridad profunda en el sufrimiento o alegría y tomar parte en la
acción que dicha situación requiere. Ver y sentir
compasión reclama responsabilidad y compromiso.
Este
mirar con compasión de Jesús le sitúa a Jesús en un
ángulo peculiar de sensibilidad para captar la realidad y situarse ante
ella. Por ejemplo, su sensibilidad sobresale ante lo pequeño e
insignificante: los hechos que hemos señalo anteriormente: los ciegos,
el leproso, la viuda, la muchedumbre hambrienta, los niños sin
importancia por su debilidad, los pecadores públicos... Esta manera de
mirar de Jesús le proporciona una manera de ver y situarse ante los
acontecimientos de una forma especial y peculiar, más aguda: lo que le
importa es el sufrimiento de los pobres y pequeños; desde ellos mira y comprende los problemas de los
demás. En el fondo es situarse desde el lugar teológico
del pobre. Así Jesús percibe sus congojas, sus aspiraciones, sus
anhelos de vida, capta su fe. Hay una sintonía ‑casi
espontánea‑ para ver toda la realidad desde los pobres. Y esto es
también la compasión. Cosa contraria es la mirada de sus
enemigos, los fariseos y bienpensante. Éstos se escandalizan de
cómo se sitúa Jesús ante los pecadores y los pobres ‑la
chusma‑ (Mc 2, 16; 3, 2;2, 6). No tienen ojos limpios. Los puros no
tienen ojos limpios, no saben mirar con misericordia, todo lo juzgan desde la
ley, desde las normas, desde la ideología... lo estropean todo.
En
esta línea del ver compasivo tenemos la parábola del Padre
misericordioso (Lc 15, 11‑32) donde contrastan dos miradas bien distintas
ante el hijo pequeño: la mirada del Padre (Dios) y la del hijo mayor
(fariseos, bienpensantes..). También está la parábola del
buen samaritano (Lc 10, 29‑37), donde contrastan la mirada del samaritano
(del hereje, de Jesús) y la mirada del sacerdote y levita (los buenos,
puros y religiosos, de los ortodoxos). Jesús valora la mirada de la
ortopraxis más que la de la ortodoxia que no conduce a la
compasión y al compromiso por el hermano.
Es
muy importante descubrir la reacción de Jesús ante los que miran
los pequeños y pobres con compasión. Ante los que llevaban en la
camilla al paralítico, nos dice el Evangelio que Jesús reconoce
la fe de ellos... (Mc 2, 5) y eso desencadena salvación y vida.
Las mirada de Jesús es una mirada capaz de descubrir lo exterior
(«Jesús observaba el alboroto ‑de la casa de Jairo‑, y
unos que lloraban» Mc 5,38; una higuera que estaba cerca del templo: Mt
21,29), para desde allí
pasar, sin cesar, al interior («viendo Jesús
su pensamiento»: Mt 9,4; «viendo Jesús lo que
pensaban»: Lc 9,47; «viendo que el escriba había contestado
con sensatez»: Mc 12,34), y
desde aquí pasar con facilidad, sin verbalismo ni moralismos
doctrinales, a la fe y a las mirada según Dios («viendo
Jesús ‑al joven rico‑ les dijo: ¡Qué
difícil es que los que tienen riquezas puedan pasar al Reino de los
cielos»: Lc 18,24; «alzando la mirada, vio a unos
ricos que echaban sus donativos en el cepillo del templo, vio también a
una pobre viuda que echaba unos céntimos, y dijo: De verdad os digo que
esta viuda ha echado más que todos. Porque éstos han echado como
donativo lo que les sobraba, mientras que ella en cambio ha echado de lo que
necesitaba, todo cuanto tenía para vivir»: Lc 21,1‑3;
«le preguntaban unos niños para que los tocara, pero los
discípulos les reñían. Pero Jesús, al ver esto, se
enfadó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí, no se
lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de
Dios»: Mc 10,13‑15).
Jesús se hace acompañar por los
discípulos a comer a casa de pecadores y ahí los
discípulos van a descubrir que "no son los sanos los que
necesitan médico, sino los enfermos" (Mc 2, 15)
Van de camino, los discípulos tienen hambre y se
ponen a comer las espigas de los campos. Es sábado y los fariseos, que
los ven, se indignan. Jesús les va a ayudar a ver que "el
sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado" (Mc 2, 23‑26).
Que la economía está para servir a la persona y no la persona
para estar sometida a la economía -causa fundamental y raíz de la
injusticia que padece el M.O. en nuestro sistema-.
"Mirad las aves del cielo... y los lirios del
campo.... ¡Cuanto más cuidará el Padre de vosotros!" (Mt 6, 25‑34).
Cómo el Padre actúa en la historia del Mto. Obrero, haciendo
ahí historia de salvación.
Estando en el templo ve a una pobre viuda echar lo que
tiene como necesario en el cepillo del templo. Jesús los llama y les
hace fijarse en la riqueza que encierran los hechos sencillos de los pobres y
lo que significa el compartir evangélico (Mc 12, 41‑44) Esta es una característica muy
propia del M.O.
(Mt 11, 1‑11) ¡Con cuantos Juanes Bautistas
-aún militantes no creyentes- nos encontramos. en...!!
Les cuestiona por la cerrazón de su mente que les
impide ver el fondo de las cosas ante la preocupación exagerada de no
tener pan para comer en un v viaje que están haciendo. Y Jesús les hace ver que es mucho
más importante proveerse de otro tipo de levadura: "Abrid los
ojos y guardaos de la levadura de los fariseos" (Mc 8, 14‑21)
¡Guardarse de la levadura del sistema!
Se esfuerza muchísimo Jesús en hacerles ver y
comprender la experiencia pascual y cómo el Mesías ha de sufrir y
morir para resucitar. Y que lo que le sucederá al Mesías, les
espera a ellos (Mc 8, 31‑33; 9, 30‑32; 10, 32‑34) La
experiencia pascual y martirial de los militantes en su compromiso y lucha
contra el sistema -que es un sistema de pecado-
En definitiva, Jesús les llama la atención
constantemente para que estén en vela, atentos en todo momento,
vigilando, pues Dios pasa por la vida cuando menos los esperamos (Mc 13, 35‑37;
14, 38) Ser contemplativos en la
acción...
Mirando así, es como podremos evangelizar y no
convertir la misión en mero adoctrinamiento o en mera cuestión
ética. Como dice la primera carta de san Juan: «Lo que
existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto
con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la
Palabra de vida (pues la Vida se manifestó y nosotros la hemos visto y
damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el
Padre y que se nos manifestó), lo que hemos visto y oído, os lo
anunciamos...» (1 Jn 1,1‑3).
Sólo se puede evangelizar y dar testimonio de lo que hemos oído,
de lo que hemos visto, de lo que contemplamos y tocan nuestras manos, si no
queremos que la evangelización sea una farsa, un sembrar en el camino y
un echar agua en un aljibe agrietado.