En
principio, para situarnos, indico el contexto en que me muevo y desde el que
hablo: Vivo, con dos compañeras más, en un pueblo de la ribera
del Ebro en Navarra, tocando a la Rioja.
Trabajo
en el sector de conservas vegetales cuando puedo, es un trabajo por
campañas, que sabes cuando empiezas pero no cuando terminas. Y para
trabajar seis o siete meses tienes que moverte en dos, y a veces hasta en tres,
fábricas distintas. Estás siempre en la inseguridad, pues termina
la campaña y a empezar otra vez de nuevo. Las condiciones de trabajo,
sobre todo para la mujer, son muy duras.
¿Desde
donde estoy? Desde una familia religiosa con una misión muy concreta: evangelizar
y promocionar el mundo obrero, desde el estilo y la espiritualidad de Nazaret. La faceta que
nosotras, las josefinas, estamos llamadas a vivir en la Iglesia es: El
seguimiento de Jesús obrero
en Nazaret, trabajando en el Taller y viviendo en familia.
Desde
aquí, mi encarnación en el mundo obrero, en un trabajo sencillo y
precario, desde el anonimato, sin protagonismos ni privilegios, como una
más, viviendo las mismas situaciones de precariedad, paro, inseguridad,
injusticia, humillación, etc... como lo viven mis compañeros, y
sobre todo mis compañeras. Desde esta realidad, como sabéis, dura
y compleja, cada día más precaria. Una intenta sencillamente
estar desde unos valores y actitudes que van contracorriente, que son
contraculturales; y no es fácil mantenerse en esa tensión.
Para
nosotras, como religiosas obreras, tiene mucha fuerza el trabajo, sobre todo el
trabajo sencillo y humilde. Es el lugar privilegiado y específico de nuestra evangelización y
oración, lugar para vivir con Dios y hacer realidad el Reino, lo que el
trabajo no exprese en nuestra misión, difícilmente lo van a
expresar nuestras palabras o Instituciones. Nosotras nos jugamos en él
nuestro tipo de seguimiento , de consagración, de relación.
Por
eso podemos decir, y yo así lo intento vivir, que Jesús obrero
en Nazaret y el mundo trabajador pobre son los dos pilares donde encontramos la razón
para vivir y entregar la vida por y con nuestros hermanos del trabajo. Estos
dos pilares, o dos miradas, dos pasiones -a mí me gusta decirlo
así- son imprescindibles para evangelizar, para ser presencia encarnada
en él. Esta mirada o pasión por este mundo obrero precario, pobre en toda su realidad, mirada de
acogida, de misericordia. Sentir en tu propia carne que te duelen sus situaciones
porque es algo tuyo, que te duelen y te urgen las ausencias de Dios en
él.
La otra mirada o
pasión es por Jesús de Nazaret, que pasó la mayor parte de
su vida en un pueblo sencillo, realizando
un trabajo posiblemente precario, en unas relaciones sencillas con su gente.
La
identificación con este Jesús, con sus actitudes, su estilo de
vida, sus criterios, te ayuda a descubrir el verdadero rostro de Dios encarnado
en el meollo de la vida. Un
Dios que llora y goza, que sufre, trabaja, suda y celebra con el pueblo y sale
al encuentro en lo pequeño y cotidiano de la vida y está
empeñado en hacer historia de liberación con nosotros. Un Dios
así, cercano, comprometido, amigo, que camina codo a codo con los hombres y mujeres del trabajo,
compartiendo la misma situación, es asequible a cualquiera; no son necesarios
títulos, ni prestigio, ni grandes teologías; sólo dejarte
coger por ese Dios y ser simplemente testigo de su amor, que es moverse
más en el plano del ser que en el de tener o hacer.
Para
mí, el descubrir a este Jesús obrero en el trabajo , en las
relaciones sencillas, en la vida cotidiana, ha sido y sigue siendo la mayor
alegría, lo que da sentido a toda mi vida como obrera, como mujer y como
religiosa. Es ese Jesús el que me urge y me lanza hacia este mundo
obrero para ser pequeña luz, que a veces ni se ve, y vivir
pequeños gestos de amor, fraternidad, amistad...
Para
vivir todo esto es necesario ir asumiendo "un menú", unas
actitudes nada fáciles de digerir porque son contraculturales, porque
son contraste. Las resumiría así:
*Ante
un mundo insolidario e injusto: vivir gestos de fraternidad, de solidaridad;
preservar la vida humana como el don más preciado, tan injusta e
indignamente tratados en esta sociedad.
*
Ante una sociedad desenfrenadamente consumista: vivir una vida austera,
sencilla, poniendo al servicio de los demás nuestra vida, nuestra
cualidades , nuestro tiempo, nuestros bienes...
*
Ante un mundo tremendamente fraccionado, individualista: ser signos de
comunión, de hermandad. Y rogar al Padre para que todos seamos uno y
participemos en el banquete del Reino.
*Ante
una cultura donde "todo vale" , la mentira, el soborno, el pisar al
otro para subir yo...: ser verdad, transparencia en toda nuestra vida,
trabajo, relaciones...
En
definitiva, es poner gestos de humanidad, de vida y de esperanza para crear un
mundo obrero más humano y mas fraterno.
Hay
que estar muy despiertos para descubrir las semillas del Reino que permanecen
en el mundo obrero como un rescoldo que apenas se ve; valorar todo lo positivo,
acompañar y acoger todos los gestos que generen vida, potenciar todas
las alternativas que ayuden a liberar y humanizar este mundo, vengan de donde
vengan. Eso sí, estando vigilantes para no ser manipulados, pero
necesitamos unir energías y estimular a la participación en todos
los ámbitos de la vida: social, política, sindical, movimientos,
etc. En fin, creo que es importante ir caminando en ese codo a codo, haciendo
pueblo con los hombres y mujeres del trabajo en todas sus facetas: familia,
trabajo, cultura, religiosidad, fiesta, dolor lucha... desde unas relaciones
sencillas, desde la igualdad.
Cuando se vive esto con hondura descubres una riqueza impresionante y un
caldo de cultivo para evangelizar, con muchas posibilidades; pero es un proceso
muy lento y por tanto debe ser paciente.
Muchas
veces pienso que Jesús le preguntaría al Padre ¿qué
hago yo en Nazaret, tantos años, haciendo lo que hace todo el mundo,
teniendo capacidad para realizar muchas otras cosas más eficaces, con
más compensaciones? pero permaneció en fidelidad, redimiendo
desde abajo, desde lo vulgar. Yo también me hago esa misma pregunta:
¿por qué
aquí, en este trabajo, en este ambiente, cuando tengo otras
posibilidades donde sería más eficaz, más valorada? Pero siento la llamada y la urgencia de
permanecer y poner todo lo que soy y tengo al servicio del mundo trabajador
pobre. Lo mejor que tenemos como mujeres, como creyentes y como religiosas es
el amor, y creo que es lo que más debemos dar, ser signos de
comunión, de ternura... creando nuevos tipos de relación.
Para
terminar, decir que nosotras, para hecer pastoral obrera, para evangelizar, no
nos situamos ni nos identificamos en las coordenadas del poder, eficacia,
admiración social, o en sólidas instituciones. Son nuestros los
pequeños y pobres signos vividos en el trabajo, en la comunidad, en las
relaciones, en el codo a codo de cada día.